De El fin de la novela de amor (II)

Cuánta facilidad para listar vuestros libros favoritos del año. Yo mentiría, como miento cuando una persona en quien no confío me pregunta por «lo mejor que haya leído últimamente». La mayor parte de las veces preferiría desnudarme, y no porque lo apueste todo a las líneas de composición ni al punto de fuga. Pero que cada cual se desnude de la manera que encuentre más satisfactoria, faltaría. Al turrón.

Pensaba hacer una confesión, pero en las confesiones como en política, tan importante como el contenido son los tiempos, y a esta llego tarde. Situar en su lugar dos planteamientos, es decir dos vías de acción; el primero de ellos puede pasar por confidencia, si desechamos la obviedad. No se deseche, empero, la relación entre ambos, por fantástica que se antoje. Es en verdad sutil.

Primero. Cuánto me gustaría vivir del dinero de un exdirigente del PSOE aficionado a los toros. Él pagaría, por ejemplo, por una suscripción a una revista cultural, que yo maquetaría a partir de artículos de perfiles Ernesto Castro. Dos pájaros de un tiro.

Segundo. El fin de la novela de amor es un libro publicado en 1997, y se nota. No parte de mis premisas, que desconozco si son las tuyas porque no tengo esa presunción de crítico literario, a saber: el amor no te cura un resfriado. Si creías que sí, te espera una lectura trepidante.

También está el detalle del contexto. Ya dije que la palabra libertad me inquieta en boca de un estadounidense, pero esa es sólo la puntita. Los herederos del New criticism, ambiguos como son (y viejos), pretenderán obviar la acción humana detrás del tejido textual. Menos mal que en este caso la propia autora1 da cuenta del contexto: el Bronx en los años 50. Barrio obrero, migrante, desarraigado, sediento de ideales como el amor o el coche particular.

Y no es una cuestión menor, la del amor, sobre todo para los niños, no digamos para las niñas, que llegan o proceden de repúblicas socialistas, donde los recientes códigos marxistas se superponen al limo histórico de cada una de sus lenguas, en el que hay que considerar las variantes de cada población, clase social, minoría, etc., y el choque del conjunto con la nueva semiosfera. El amor de sus padres no es fácilmente traducible al suyo, por no decir que es un desgarro que reviste el resto de sus vidas, mucho más allá de lo que ahora tratamos de brecha generacional.

Insisto sobre que es un buen libro y que merece la pena: es brillante, efectista y tramposo a ratos. Vale.



Notas

1. Vamos a pretender que no hemos matado a la autora. Postura que no comparto (la de matar autores) mientras sigan con vida editores, distribuidores, lectores y críticos en lo que debemos llamar un trabajo a medias o en su etapa inicial.


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