Amorem omnia vincere credo quia absurdum («Que el amor todo lo puede creo porque es absurdo»). El absurdo del caballero de la fe, Kierkegaard. La frase es mía, el latín de Francisco J. Pérez Cartagena; porque el lenguaje se habita en fondo y forma.
Homero era ciego, si es que el hombre o la mujer existió, lo cual tiene muchas más implicaciones metafísica, física y líricamente hablando de las que imaginamos. Se ha demostrado verosímil que los cuantos (la menor cantidad de energía que puede transmitirse en cualquier longitud de onda) mimetizan el mundo sólo cuando son observados. Mi padre tenía una perra, de la que por cierto habla mejor que de mí, que tenía prohibido subirse al sofá: regla que sólo observaba cuando era, a su vez, observada. Pues algo parecido. Cuando no están bajo vigilancia, los cuantos permanecen en estado límbico (esta es una certera anotación personal). Qué coñazo habría dado Foucault con esto.
No me interesan tanto las conclusiones que de lo anterior puedan derivarse en relación con el Gran Hermano, la simulación informática y demás infralógicas, plausibles o no. Ante todo elegancia intelectual. Mi interés radica en lo verdaderamente importante: el amor y su genealogía. Se ha hablado de «el viejo» como de esa entidad cuya mirada sostiene nuestra existencia. Lo hizo un tipo anterior a Hemingway pero muy posterior a Safo: Einstein. Pero vamos a pecar de formación humanística:
el no ver nada y el amor me hicieron
regresar con los ojos a Beatriz.
(…)1 Ningún niño corriendo hacia la leche
de su madre después de haber dormido
más de la cuenta, me superaría
en la presteza con que me lancé
a pulir el espejo de mis ojos
en aquella agua perfeccionadora;
y apenas la toqué con el extremo
de mis párpados, vi que la corriente
del río se alteró formando un círculo.
Después, como la gente enmascarada
parece otra persona diferente
al quitarse el disfraz en que se oculta,
así se hicieron más esplendorosas
las flores y centellas, y ver pude
con claridad las dos cortes del cielo.
Bueno2. Dante ve el Paraíso [embebido] en los ojos de Beatriz, cuya contemplación (recuérdese que «Alma es lo que contempla»3) concreta su cuerpo y sus apetitos. Él aún no puede, y el secreto es que no podrá nunca, ver el Paraíso por los suyos propios, sino en el reflejo de otra superficie cristalina (líquida en un sentido que se le escapa a Bauman entre las manos). El Paraíso que forma parte, y aquí el lenguaje se estrecha, de una estructura inconcebible para la razón humana: una hiperesfera, una esfera elevada a un espacio no euclidiano4. Sigue Garcilaso en el Soneto VIII:
De aquella vista buena y excelente
salen espirtus vivos y encendidos,
y siendo por mis ojos recibidos,
me pasan hasta donde el mal se siente.
Entránse en el camino fácilmente,
con los míos, de tal calor movidos,
salen fuera de mí como perdidos,
llamados de aquel bien que está presente.
Ausente, en la memoria la imagino;
mis espirtus, pensando que la vían,
se mueven y se encienden sin medida;
mas no hallando fácil el camino,
que los suyos entrando derretían,
revientan por salir do no hay salida.
No habría nada que añadir, y lo digo de manera drástica. Apostillas a la belleza, a la memoria, al calor (a la ternura) o al verso, «que tiene que ver con todo». Razonablemente oiréis que la literatura no sirve a un cazzo (e sarà vero), pero esto es flipante, además de reconocible. «L’amor che move il sole e l’altre stelle (Paradiso, XXXIII, v. 145)».
Notas
1. La elipsis es intencionada, y la alteración que esto suponga, una referencia callada a Juan de Yepes. Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe
2. Paraíso, XXX. Traducción de José María Micó.
3. Aristóteles. De anima
4. Patapievici, Horia-Roman. Los ojos de Beatriz
Otros libros en mientes (bibliografía)
Halfon, Mercedes. El trabajo de los ojos (Las afueras)

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