Diarios de paquí (3)

La búsqueda del interlocutor, y vuelvo a referirme al amor, acabó de confundirse con Esperando a Godot. Es el árbol que debe de causarme somnolencia, y hastío la conversación con un semejante. Como paliativo, me mudo a una residencia de estudiantes. Doscientas almas entre las que pasar inadvertido. Alguna simpatía entre las cocinas y el personal de limpieza, con mucho gusto de mi parte y la discreción que merecen los trabajadores, en la que no suele reparar la pequeña burguesía. Confío en no disfrazar de consideración la condescendencia. Estoy casi seguro de que no se trata de culpa, para variar.1

El gris, ya sucio por el cambio de hora, invita al interior con café. Me gusta el barullo de las conversaciones, siempre que ninguna se imponga demasiado. Hoy lo hace, intermitente, una risa desafinada y singular. El conjunto me recuerda a esas bandas de jazz que suenan como una orquesta clásica afinando, y es un sonido que echo de menos y una liturgia.

Por cierto que me han pedido que haga de enlace con jóvenes no religiosos, además lo bastante inteligentes para no haber pisado la universidad, como no sea para idealizarla por su falsa alegría. Sólo quien no puede resistirse a levantar la costra cada día hasta que se revela pálido el dibujo advierte la composición funesta del cuadro; la enorme tensión contenida en las conversaciones y entrelazados. Bajo toda esa capa provisional de estudiantes permanecen los insectos.



Notas
1. No creo que pueda abordar el tema de los libros separado del traslado ni de las maneras.




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