“Cada lengua tiene sus propios ojos” a los que corresponden sus propios balbuceos, espasmos faciales, calambres en las piernas y pausas.1
En español, lo central es el tiempo: el aspecto no juega un papel tan importante en la configuración del sistema. Por eso Lorca da al Novio de Bodas de sangre, que es la historia de España, un reloj de bolsillo, y riela con la luna y las violetas.
Ahora, cuando aprieto el puño, el anillo en el índice me da la impresión de coger la mano a un recuerdo. El tiempo cristiano, no ortodoxo, vuelto de espaldas hacia el futuro con las llagas abiertas. Son los ojos destemperados de una memoria que proyectan en ti su estructura dantesca, cuántica. Y cuántas ruinas circulares portamos y enseñamos al mirar: el iris y la rueda dentada que nos anilla.
Nuestros enemigos y nuestros miedos también necesitamos que sean leales: el sionismo, la enfermedad y el sufrimiento.
Notas
1. Müller, Herta. El rey se inclina y mata (Siruela)

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