Diario de efusiones (4)

Concluye


Aunque el de las confusiones, confesiones o conclusiones ya me parece un género suficientemente cuasi órfico.

De las conclusiones, que deberían considerarse erradas si son perfectamente coherentes con lo anterior; si no aportan, al menos, varias revelaciones desparejadas, cuya relación con el cuerpo sólo pueda entenderse con una mirada oblicua (Dámaso Alonso, 1957).

PRIMERO. Que el español en la clase de ELE, lejos de comportarse como una lengua viva, como cosmogonía y agua encharcada; cancioncilla infantil (“Un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando”), se enseña fijándolo con alfileres, por no usar una imagen más descriptiva.

“Los monumentos son estribillos” (Deleuze y Guattari, 1997). Siguiendo esta afirmación, el poema de Mahmud Darwish sería el canturreo del pueblo martirizado en Gaza. Mi complejo pequeño burgués transmuta en este tipo de notas por todas partes. El eterno retorno de la moral.

SEGUNDO. Cuando quieren evitar un tema, los políticos se extienden acerca del cambio climático. Igual que los manuales de ELE.

TERCERO. No se explicita el marco: debe explicitarse el marco. Aun cuando resulta tan obvio que se olvida, aun cuando lo anuncian las fachadas y los correos institucionales y los gestos de oposición por goteo, el marco debe explicitarse.

Se repite mucho que antes de escribir hay que pensar para quién se escribe (¿qué tontería es esa? Sólo se sabe muy al final). ¿Para qué aprendemos ELE? ¿A quién enseñamos el español y para qué?1 Cada uno tendrá sus respuestas más o menos preparadas, pero en ningún caso se cuestionan desde el baldaquino; tal vez la renuencia original a interrogarse sobre temas mundanos, en especial cuando implica pérdidas.

CUARTO. La autoevaluación es una crueldad. Nunca es honesta, y no es por desdén con lo deshonesto ―qué fuera de la tolerancia que mandaba san Agustín―, pero pedirle al alumno jugar una partida de póquer donde juega contra sí mismo y contra la casa… Ese ejercicio de cavar la propia tumba me parecía, además, negligente por parte del justiciero. La única autoevaluación cabal es la que se ejecuta a priori (con carácter vinculante).



Notas
1. “―No van a acabar bien ―sentencian las gentes sensatas alrededor del brasero.
―¡Isabel! ¿Para quién bailas? ¡Pareces una loca!”. (Garro, 2019).




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