Cuando hablábamos del lexicón mental me era imposible obviar los ecos, las resonancias (“relaciones bidireccionales para estirarse y tocar”, según Rosa, 2019). Por supuesto, partimos de Platón, de que somos almas vertidas al mundo. Si en algún momento caímos, ahora, como sociedad líquida, debemos de precipitarnos; aunque hay ya quien prefiere el límite “gaseoso”, en cuyo caso, con cierto afán conciliador, podemos hacernos imagen de una cascada, con su caída, su precipitación, su vapor de agua y sus turistas. Los señores rusos, que, igual que Platón, siempre han tenido una relación especial con la poesía, hablaban de la servidumbre en términos cualitativos como “almas”. Así se entiende mejor, por ejemplo, el título Almas muertas, de Gógol. En cualquier caso, es evidente que el golpe, de realidad o fantasmagoría, poco importa, nos trastorna. Para la reminiscencia (Platón, 2008), usamos entre 6 y 15 veces una palabra (en el caso de la LE/L2).
Pasemos a la teoría del imaginario (Castoriadis, 1993). La palabra, como logos, es forma y contenido del pensamiento, cuando la distinción entre individual y colectivo carece de operatividad. Tampoco será relevante la distinción entre trascendencia e inmanencia. Lo importante es que la palabra constituye en todos los aspectos el carácter, la hexis aristotélica, de una sociedad. Sus “posesiones”, sus límites territoriales,1 espirituales, comerciales, históricos; sin referirme en ningún momento a los desarrollos románticos (nacionalistas) del asunto planteados por Herder y retomados por los hermanos Schlegel y de alguna manera, verdad es que menos nociva, por Goethe, pues en ningún momento la lengua de un pueblo es propiedad exclusiva, ni siquiera originaria, de una mismidad. Para Bourdieu, vehicularía el capital cultural, en una formulación típicamente francesa cuyas últimas consecuencias podrían llevar al establecimiento de indicaciones geográficas protegidas (Bourdieu, 2011). La lengua podría ser sólo una abstracción a partir de las interlenguas de sus hablantes, del balbuceo a un uso más o menos amplio de sus variedades en virtud de múltiples factores, de socioeconómicos hasta climáticos.2 De esta hipótesis resultarían experimentos menos drásticos que aquellos promovidos por Federico II en un intento por determinar la lengua primigenia.
Las palabras forman parte de las costumbres, de “los ademanes moldeados por infancias en los sembrados, por adolescencias en los talleres” (Ernaux, 2019).
“La lengua, un francés despellejado y medio dialectal, era indisociable de las voces elevadas y fuertes, de los cuerpos enfundados en las batas y en los monos de trabajo, de las casas bajas con huerta, del ladrido de los perros por la tarde y del silencio que precede a las discusiones, igual que las reglas de gramática y el francés correcto estaban relacionados con el tono neutro y las manos blancas de la maestra de escuela” (Ídem).
La Premio Nobel de Literatura en 2009, Herta Müller, recalaba sobre estas cuestiones en una conferencia en la Universidad de Turinga, recogida bajo el título Cada lengua tiene sus propios ojos. Ya en la enunciación, además de los rasgos prosódicos y otras distinciones lingüísticas, el hablante puede constatar la naturaleza poética de un idioma, más allá del consenso que estableció la correspondencia entre significantes y significados (y aquí prefiero con mucho al Nietzsche de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral que al Saussure del Curso de lingüística general). Las bases de la realidad se asientan sobre el imaginario en un proceso colectivo,3 histórico e inacabado, y este se refleja en el lexicón. Al respecto, sería interesante reconsiderar el valor de los intercambios, a partir de la distinción marxista, entre superestructura y lengua. Uno de los ejemplos de Müller, procedente de una aldea germanoparlante perteneciente a Rumanía, es de la palabra rumana para golondrina, rândunică, lit. “la que se sienta en hilera”. Nada que ver con nuestra imagen asociada a dicha especie, más becqueriana, con todo lo que ello implica.4
Afirmamos entonces, sin temor a equivocarnos, que las capacidades cognitivas se hallan en relación directa con el sistema lingüístico. Asimismo, exacta la proposición que reza que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Wittgenstein, 2015). A mayor genio de esas metáforas que designan los hechos de nuestra realidad, mayor distancia podrá cubrir el pensamiento de una comunidad de hablantes y de las comunidades en contacto con ella. El lenguaje es un organismo social (¿un cuerpo sin órganos?5), y queda parcialmente en duda si su función primera es la comunicación en sí misma, la comunicación por la comunicación (por absurdo que se antoje); o si cabe separar esta de su principio epistemológico, como parece deducirse de los manuales de LE. A priori, el debate parece apuntar a la gradación semiótica, aunque no quitaría ojo a la constitución tripartita del alma (Eco, 2000) (Aristóteles, 2014).
Quisiera terminar imaginando la ruta de la palabra, que en mi red conceptual no hago esfuerzos por separar de la Ruta de la Plata.6 Seguimos el trazado de la golondrina por el área de Wernicke (el conectoma es el vuelo, sólo aparentemente febril, del ave). Cuando reconocemos varios sistemas lingüísticos, alcanzamos primero la palabra más próxima a la idea, intuida por el uso o por la infancia. Así, para Walter Benjamin, la palabra alemana para caricia, Liebkosung, estará siempre más próxima que la francesa caresse; y se abrirá también a los sentidos de madre, historia y boca:
“Las caricias abrían cauce al torrente. Yo las adoraba porque de la mano de mi madre brotaban historias que acto seguido podía escuchar de su boca” (Benjamin, 2021).
Notas
1. Para territorialización y desterritorialización véase Deleuze y Guattari, 1994.
2. Según un estudio de la Universidad de Kiel, Alemania, “los idiomas de las regiones más cálidas son más ruidosos que los de las regiones más frías” (Wang et al., 2023).
3. Pese a haber señalado la inoperancia del adjetivo, por redundante en este contexto; en una simplificación mayúscula de un tema que excede las proporciones, en términos compositivos, del presente trabajo.
4. ¿El ejemplar de Mandelstam para los rusos?
5. Deleuze y Guattari, 1994.
6. Sobre la inutilidad, véase Montale, 1995.
Bibliografía
• Aristóteles. (2014). Acerca del alma. Gredos
• Benjamin, Walter. (2021). Infancia berlinesa hacia mil novecientos. Periférica
• Bourdieu, Pierre. (2011). Las estrategias de la reproducción social. Siglo XXI
• Castoriadis, Cornelius. (1993). La institución imaginaria de la sociedad. Vol. I. Marxismo y teoría revolucionaria. Tusquets
• Deleuze, Gilles, y Guattari, Félix. (1994). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos
• Eco, Umberto. (2000). Tratado de semiótica general. Lumen
• Ernaux, Annie. (2019). Los años. Cabaret Voltaire
• Gógol, Nikolai. (2009). Almas muertas. Akal
• Montale, Eugenio. (1995). De la poesía. Pre-Textos
• Müller, Herta. (2011). El rey se inclina y mata. Siruela
• Nietzsche, Friedrich W. (2012). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento. Tecnos
• Platón. (2008). Laques. Menón. Losada
• Rosa, Hartmut. (2019). Resonancia. Una sociología de la relación el mundo. Katz
• Saussure, Ferdinand de. (2008). Curso de lingüística general. Losada
• Wang, Tianheng, Wichmann, Søren, Xia, Quansheng y Ran, Qibin. (2023).
Temperature shapes language sonority. Revalidation from a large dataset. PNAS Nexus. 2
• Wittgenstein, Ludwig. (2015). Tractatus logico-philosophicus. Sobre la certeza. Gredos

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