Pagar en un bar

En la generación de mi padre, en un contexto mínimamente burgués o cuando menos con apariencias de serlo, al final de los cafés y dando por cerrada la sobremesa con la fórmula ritual, que incluía una parte de anodina creatividad: “Bueno, etc.”, se desarrollaba una encarnizada batalla por el pago total del desayuno, comida o cena compartidos; sin que ninguno de los bandos en disputa se mostrase durante un tiempo dispuesto a ceder. Por descontado, la ceremonia era mucho más vistosa inter pares, es decir, entre varones (vir, viris), y concluía por norma general con alguna clase de acuerdo que hacía la derrota llevadera para quien no salía con un cargo en la cuenta bancaria. Con menor frecuencia, se pactaba una división más o menos caprichosa del monto. Habituales las fintas, los pagos con alevosía, los entendimientos con el personal de sala (a quien solía premiarse en función también de la ingesta de alcohol). La lucha podía desarrollarse entre tantas partes como comensales, aunque lo más propio era una contienda entre los diferentes clanes asistentes, siendo la pareja la unidad inmediatamente superior al individuo. El héroe conseguía endeudarse por valor de cuantos más cubiertos, mejor; en relación con lo cual, otra medida del éxito era la longitud de la mesa en el sistema métrico decimal.

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