La clienta y la dependienta

CLIENTA. (Aparte.) Qué cansada me encuentro después de este shopping indiscriminado durante toda la mañana de rebajas. Me sudan las manos, estaban agotadas todas las tallas del vestido que llevaba la infanta esta semana. Todas no: en las perchas quedaban las del tamaño de una servilleta. Las he recorrido una por una, mientras iba perdiendo la confianza. Y aun así lo he intentado, consciente de la humillación de meterme con una XS en el probador. Anda la miradita de la niñata esa, como si yo no supiera. Ahora todas las jóvenes son como ella, nos culpan del cambio climático y se mutilan la nariz. Sequía ha habido siempre. Abortos, también. Cualquiera en mi lugar estaría cabreada. En casa, tengo a Guillermo insoportable porque han vuelto a eliminar a su equipo de Champions. Sé que me he plegado al matrimonio porque conozco todas las variables de esta situación. Cuando me vea llegar con las bolsas no podrá evitar comentarlo el gilipollas, como si fuese fácil convivir con los efectos del consumo de cerveza, la calvicie y el estancamiento profesional. Voy a revisar el tique, que siempre me dice lo mismo, porque la culpa de que no lleguemos es mía… Coño. Si la idiota me ha cobrado dos veces la chaqueta. La semana pasada le hicieron lo mismo a la vecina. Se creen que somos gilipollas. Pues menos mal que lo he revisado. Se va a enterar. (Entra en la tienda y se dirige directamente a la DEPENDIENTA, que está en caja. Hay una fila larga de clientes impacientes, que no consideran la posibilidad de culpar al dueño de la tienda por la situación y prefieren hacer objeto de crítica a la trabajadora en precario a la que doblan o triplican la edad. En un tono innecesariamente alto.) Perdona, guapa, es que me has cobrado dos veces la chaqueta…

DEPENDIENTA. Disculpe un segundito, que acabo de atender al caballero…

CLIENTA. Es que es la segunda vez que me pasa en poco tiempo y no sé si es que me estáis tomando por tonta…

DEPENDIENTA. Por supuesto que no, señora. Disculpe. Culpa mía, con las rebajas estamos un poquito hasta arriba. Un segundito y se lo arreglo.

CLIENTA. Ya, pero es que no es la primera vez.

DEPENDIENTA. Disculpe un segundito.

CLIENTA. (Por lo bajo, pero no muy bajo.) Un segundito pero es que ya he perdido toda la mañana y es la segunda vez que me pasa. (En alto.) ¿Está la encargada?

DEPENDIENTA. Lo siento, no entra hasta las tres.

CLIENTA. Ah, que encima nadie que puede atender.

DEPENDIENTA. Si quiere volver más tarde, le hago la devolución ahora y luego habla con el encargado.

CLIENTA. Que vuelva más tarde, claro… No tengo otra cosa que hacer. (Se inventa.) Tengo que recoger a mi hijo (No quiere decir nieto, aunque no va a verlo hoy.), ponerle la comida…

DEPENDIENTA. Puede llamar esta tarde. Un momento, por favor, que termino de cobrarle al caballero. (Como un mar tempestuoso que se alza sobre el puente de un barco de recreo, sembrando el miedo en los ojos de los veraneantes, la cola empieza a describir movimientos furiosos y a elevar el tono de algunos comentarios. Algunas personas salen y dejan la ropa mal colocada en cualquier sitio, profiriendo maldiciones. La dependienta sabe que va a recibir un montón de valoraciones negativas en internet, y que va a recibir una amonestación del encargado, si no el despido. Salta la alarma de la entrada. Telón.)

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2 respuestas a «La clienta y la dependienta»

  1. Avatar de Francisco Pérez
    Francisco Pérez

    ¡Pobres dependientas-rompeolas!

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    1. No sabemos si podrá(n) pagarse la terapia. Al menos suelen «regalarles» la ropa made by women and children so far away

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