El lento restablecimiento del futuro (3)

Introducción: “Intenso e intensivo”


En una clase salió el asunto del suicidio. Entre risas, un síntoma de que lo tomamos con la seriedad suficiente.[1] Saltaron algunas alarmas, de una parte se mostró cierta incomodidad. Pues no pretende ser de ningún modo un señalamiento, me permitirán prudencia al respecto. Un titular del Centro de Investigación Biomédica en Red: “El suicidio es [en España] la primera causa de muerte en jóvenes y adolescentes entre 12 y 29 años”. El lunes 9 de octubre ingresé en el Hospital Universitario con fallo multiorgánico por una sobredosis medicamentosa. Luego de diez días en la UVI, fui derivado a la Unidad de Agudos de Psiquiatría donde permanecí otra semana, hasta el jueves 26 de octubre. El viernes 27 empecé y cumplí con las horas de observación del Proyecto Puntal. Toda persona vinculada a la Universidad de Salamanca a la que se dio aviso (no se supo más de lo necesario) actuó de forma ejemplar.

El filósofo italiano Franco Berardi establece una relación entre la emergencia del ciberespacio y del Prozac en la década de los 90 (Berardi, 2019). En ese momento, los antidepresivos se conforman como un rito de iniciación para los jóvenes en la sociedad moderna, y enseguida como la única manera de sostener el ritmo y los últimos niveles de exigencia.[2] Abundan, claro, los comerciantes que pretenden situar la salud mental en el terreno de la perspectiva individual, ominosa sólo hasta su sublimación en el superconsumidor viril, impasible, *apolítico. Tampoco es ningún error que existan profesionales convenciéndonos de que el problema está en cada uno de nosotros, ni gente dispuesta a creerlo y reproducir el mensaje.

Mi caso no tendría mayor relevancia, entonces, si pudiésemos hablar de un acontecimiento privado. No es posible: la estadística anterior refiere que “cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos” (Deleuze y Guattari, 2020). El cineasta Jakub M. Nowak lo definió de la siguiente manera: “¿Crees que las ganas de morirse son una marca de nuestra generación?”.

Me resulta vergonzoso explicitar lo evidente, que no pretendo delegar la responsabilidad de mis actos ni sus motivaciones en quienes va dirigido este trabajo, sino exponer lo que de nocivo entrañan ciertos elementos asimilados en la educación, también de manera particular en la formación de profesores de Español como Lengua Extranjera. Verdad es que son sabidos e identificados, al menos, por una parte de quienes comportamos el estamento, pero aceptados por su propia vigencia, lo que lleva a desestimar la crítica inventariándola de entelequia. Este rechazo es tan sistémico como los antidepresivos, y tiene que ver con lo que Mark Fisher denominó “realismo capitalista” en el libro homónimo mencionado arriba.


“Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”: así titula el primer capítulo del libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, en lo que considero una definición bastante intuitiva del concepto. Aun cuando no se supiese acotar bien el adyacente, diría que estamos acostumbrados a concebir el fin del mundo de muchas y variadas formas. Desde los textos sagrados a las superproducciones de Hollywood, ahora Netflix; el Reloj del Apocalipsis, el informativo matinal de Telemadrid, las declaraciones de Macron y von der Leyen, las portadas de El País o los comentarios en redes sociales con motivo del cambio climático o sus previsualizaciones en Palestina, Ucrania, Mali, Níger, Yemen, Taiwán, el Mar de China Meridional, Corea, Ecuador, México… Esta forma de realismo es sólo la manifestación de un habitus, de un hábito en el sentido en que lo describen Balzac o Bourdieu (Bourdieu, 2008). Pensamos dentro de los límites de su imaginario y nos expresamos y callamos en sus términos. Por ello que también para este ataque (y hablo o no del término lingüístico) haya que señalar lo evidente, porque los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestras acciones, y «donde hay un grave error de vocabulario es difícil que no haya un grave error de pensamiento» (Weil, 2019). En nuestro carácter, que es en buena medida nuestra adaptación al medio, incorporamos una serie de réplicas cargadas de sentido común a todo aquello que amenaza la integridad del dicho medio. Creemos así garantizar la propia supervivencia en el hecho de garantizar la supervivencia del mismo, que nos contiene y obliga sus formas. De este modo, en nuestro hacer nos gobernamos como células en un continuo proceso de mitosis (de división celular), y en la misma medida lo hacen los grupos que formamos y conformamos, y más aún los institucionalizados; más si a su vez organizan capitales y áreas de influencia. De ahí que Mark Fisher prefiera hablar de contagio: al final, es el imaginario de la enfermedad (del sistema) el que se impone confundiéndose con quienes lo (re)producimos. El problema de la imaginación en una sociedad que demanda policías, ingenieros y administradores y directores de empresas es el problema de la falta de imaginación.



[1] Sobre el aplomo de la risa, véase Bergson, 1985.

[2] Exigencia no de conocimientos: de acumulación de títulos, acreditaciones y de mundología académica y empresarial, que se confunden, con las consecuencias en patrones de desigualdad.

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