Alguien dijo que Bécquer era el poeta del tiempo. No sabría decirte. Eduardo Ruiz Sosa es autor de la ausencia y la memoria, temas de mi preferencia en los que obsesiono. Un trianero: «Hay que ofrecer gallardamente al Destino el sitio por donde pueda herirnos. Cuando pienso en una desgracia y me familiarizo con ella y tengo alma bastante para vivirla en toda su intensidad, es cuando la evito. Ésta es mi única superstición verdadera». Yo no sé si he llegado a evitarlas, tanto como se evitan las ruinas de una desgracia familiar. Y entonces creo reconocer a Bécquer en esos señoríos lunares.
Che fai tu, luna, in ciel? dimmi, che fai,
Silenziosa luna?
La escritura es el momento de la separación, entonces de la pasión, entonces el eterno retorno. Así, en un juego típicamente literario, la evasión es la permanencia («Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan»…).
Me dicen que aquí no se entiende lo que escribo, que no puede ser tan acostumbrado a moverme entre cuerpos extraños- un cuerpo es aquello que tiene extensión limitada. Un diario (corpus y textus, cuerpo y tejido, trama), convendremos, va de mirar y guardar las apariencias, que al fin y al cabo es la única condición que le puse a mi psicóloga; y con más razón se impone a los curiosos, aunque los fomente. No pretendan entenderlo todo y tal vez lleguen a razonar algo, aunque sea el propio instinto ciego.
El desierto es un campo afectivo, y como todo campo afectivo es un campo de batalla. Según los colonizadores europeos, la lucha por el desierto es la lucha por el control de los pozos de agua. Como en las relaciones, se busca rendir de sed al enemigo. Sobre el desierto tengo algunas notas, pero debería repasar los subrayados en las páginas que he leído (los subrayados componen el otro diario de versiones, igual fragmentado, igual verdadero): 2666, Los recuerdos del porvenir, Desierto sonoro, Mil mesetas, Pedro Páramo, Hijo del hombre, El hombre de la providencia…
«¿Qué es lo último que quieres recordar?». El desierto, la retama, es un espacio fronterizo. La locura, el resto arenoso de la violencia ejercida contra uno mismo, se acumula en la corteza temporal. Puedo decirlo porque me he aficionado a los vídeos doblados al latino de un instituto anatómico. Encar tenía razón en que por dentro somos un asco. Mejor las ruinas de amor.

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