Admirar a Rafa Nadal es una derivada del (último) colapso ético occidental que no conviene perder de vista, y no sólo porque reciba elogios de los franceses. El tenista poco menos que encarna el muy católico deleite de pasear la lengua por las pústulas de los enfermos: placer que explica la querencia compartida de ambas devotas, España y Francia, por el personaje, adalid de esa adoración del sufrimiento que consagra una erótica del dolor anterior a, y en cierto modo necesaria para la piedad. El auto se complica con la entrada del capital saudí si se pierden de vista las relaciones del mercado global, pero ese es un tema mayor del que abordo hoy, más relacionado con una encuesta de Instagram, herramienta par excellence de la sociología de salón.
Preguntaba a poco más de una treintena personas si alguno de sus progenitores tiene como biografía (o parte de ella) en alguna red social «padre» o «madre». Después de la votación aclaraba: «Ya adelanto que mi tesis es que se trata de un elemento determinado por una cuestión de clase; y que los hijos e hijas de estas personas tienen infancias dañadas y acaban fácilmente ‘cosplaying a personality disorder and calling it leadership‘». A veces el exceso va más allá y nos permite conocer el nombre de los infortunados de primer grado bajo la fórmula «padre de Bea» o «madre de Jorge». Quienes exhiben la paternidad como membresía pertenecen a un subconjunto mayor formado también por los admiradores de Rafa Nadal, y que son fenómenos coexistentes e ideológicamente ligados.1
Coexistentes y en un espectro ideológico común, no se presentan siempre simultáneos. La propia biografía en tuiter de Rafa Nadal es «Tennis Player» (el perfil lleva sin actividad más o menos desde su retirada de la competición); y en Instagram: «Athlete, entrepreneur and investor» —ambas cuentas presididas por un logo de inspiración raxet. Por sus declaraciones sabemos que las mujeres deberían cobrar en función de lo que generen, una postura muy extendida entre los tontos salomónicos. También célebre su «No tengo previsto que [el nacimiento de mi hijo] suponga un cambio en mi vida profesional», por lo que no nos extrañe la elipsis en su presentación, que se podrá atribuir circunstancialmente a su carácter reservado.
A la encuesta responde una minoría (un 25%), pero el resultado es unánime: no. Son hijos e hijas de otras tropelías, hecho que, aunque previsible en una muestra de mi entorno digital, «me reconforta y a la vez lo siento como una oportunidad perdida». Dejo mi sospecha y mi esperanza junto a quienes no han votado.
- Resultado de la observación que justifica esta entrada, se debe añadir que existen la corriente izquierdista, las variantes meridionales del fenómeno y la cuestión histórica de la cuna. ↩︎

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