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«Todo el mundo debería leer este libro [que a mí me ha encantado y que probablemente hemos leído sólo unos pocos]. Aprenderíamos que…». Enunciado disparatado en cualquiera de sus formas: intelectualmente pobre y vanidoso; yerro propio de alguien que no se ha detenido a considerar el esquema de la comunicación de Jakobson. Te lo presentan por primera vez en primaria, aunque si vas por letras sigues estudiándolo en la carrera, pese a su sencillez, y esa es su grandeza. Es nuestro Teorema de Pitágoras.

Me explico: dos personas, por parecidísimas que sean, no hacen una misma lectura de un mismo texto. Es algo evidente, ya que una sola persona tampoco hace una ni la misma lectura de un único texto aun cuando lo lea dos veces seguidas en la misma noche.

Cuanto lees viene motivado por marcadores socioeconómicos, históricos, culturales, políticos, geográficos, afectivos, etc. La manera en la que haya llegado el libro a tus manos ya ha dado comienzo a tu lectura: si había libros en tu casa, si te han leído cuentos, si tu madre se llevaba un libro a la playa, si ibas a la playa, si compartes gustos literarios con tu pareja, si tienes pareja… Tu clase, tu nivel de estudios, el prestigio o el desprestigio de esa actividad en determinados espacios, la posibilidad de acceder a autores o autoras en tu lengua materna, dificultades del habla o de lectoescritura en la infancia, la adolescencia o la edad adulta…

Más allá de eso, lo más importante que aprendes al estudiar, y digo bien, estudiar literatura, es que puedes defender una interpretación y su contraria incluso usando idénticos fragmentos para «probar ambas versiones», deteniéndote además en tantas figuras como quieras. Al presentar un objeto, textual en este caso, modulas la iluminación; empezando por el espacio donde lo presentas, la apariencia con que lo haces, la prosodia, los recursos lingüísticos, los apoyos visuales, las isotopías, las «constelaciones» (W. Benjamin), niveles semióticos…

No es un ejercicio honesto, al fin y al cabo de aquí deriva la posverdad, y es por ello que conviene familiarizarse con los mecanismos, los temas y las formas y enseñar a nuestros alumnos algo más allá del abstracto «sentimiento crítico», que acaba siendo una fórmula estética.

En fin, que trascendamos un poco las vaguedades, que parecemos una parodia de «la persona de letras»: otro cliché embarazoso. En todo caso, si tienes confianza con alguien, recomiéndale un libro. También es un acto privado (bello).

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