El lento restablecimiento del futuro (4)

En junio del año 2023, el Ministerio de Universidades y el Ministerio de Sanidad, en colaboración con CIBER (Centro de Investigación Biomédica en Red) y la cooperativa Aplica, publicó un estudio titulado La salud mental en el estudiantado de las Universidades Españolas. Se entenderá salud mental como «un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a las situaciones de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, aprender y trabajar adecuadamente e integrarse en su entorno». Así la define la OMS. Entre las conclusiones aportadas, figuran la relevancia del factor económico o de clase, la burocratización, la mala gestión del tiempo en las universidades y la demanda de un cambio de paradigma que ponga el foco en el estudiantado en lugar de en la institución. Señala además que:

i)          Más del 50% del estudiantado ha percibido la necesidad de apoyo psicológico por problemas de salud mental recientes durante el cuatrimestre anterior a la fecha del estudio.

ii)        Más del 50% de los alumnos han consultado alguna vez con algún profesional sanitario por un problema de salud mental.

iii)       La prevalencia de ansiedad moderada o grave es de aproximadamente uno/a de cada dos estudiantes durante el cuatrimestre anterior a la fecha del estudio.

iv)        Uno de cada cinco universitarios ha tenido ideación suicida.

La responsabilidad tiende a difuminarse en el organigrama; tampoco es accidental. Nadie es responsable último de nada porque, pensamos, nada depende mucho de nadie: todo viene impuesto desde alguna parte por alguien o algo superior; lo cual no acaba de ser mentira. Como se ha visto, subyace una lógica a los flujos de sentido (deterministas del sentido común) que ya operan de manera autónoma, ajena en parte a las voluntades de las que proceden y que la configuran a cada momento. Kafka y Hannah Arendt ya dijeron lo suyo al respecto cuando aún la cosa era menos clara.

En este escenario, más próximos a la disciplina que nos ocupa, penden el PCIC, el MCER, el BOE, el DOUE… En algún centro de todo ello, con influencia sobre sus respectivas periferias, y según expresa la lexicógrafa Concepción Maldonado: “Somos profesores de español y vamos a transmitir una visión del mundo”. En otras palabras: una héxis, un habitus, en contacto (en conflicto) con otra/s lengua/s, otro habitus. Se precisará tomar conciencia de estas realidades y de nuestro lugar en y entre ellas, siendo la más inmediata el imbricado de relaciones personales y políticas que trasladamos y generamos en las aulas con respecto a los alumnos, sus necesidades y entornos inmediatos; las instituciones (oficiales, familiares, etc.). Tendremos luego que preguntarnos por nuestro papel y nuestros objetivos como docentes, y de qué manera se compatibiliza con el objetivo acumulativo de la superestructura (de ninguna manera). Qué hacer y qué levantar alrededor del silencio.[1]


“El profesor se concibe como un mediador sociocultural que se sitúa entre los alumnos y un saber cultural que incluye la lengua, los valores de la comunidad, las pautas de comportamiento social, la relación de bienes y servicios del entorno, así como su uso y disfrute.” (García Parejo 2004: 1273).


Vemos un mundo en orden a un sistema creencias determinado por la coyuntura histórica (en su aplicación a unas coordenadas vitales concretas), y de nuevo el lenguaje es elocuente: cada lengua tiene sus propios ojos (Müller, 2011).[2] Y cada tejido su tacto, habrá que añadir, para seguir la metáfora del hábito. En el ámbito de la neuropsicología, con base en la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger (1957), las razones, la configuración del “nosotros” y el “ellos” en “lo nuestro” y “lo demás”, son casi idénticas. Sobre esta perspectiva el posfordismo ha levantado sus Pirámides. Confeccionados a medida, aprendemos naturalmente a enseñar a una minoría blanca de extranjeros que ansían por un título de español; es sabido que nadie aprende por romanticismo, y que nuestro papel es acreditarlos en el uso variado de conectores. Podrá considerarse una imagen reduccionista, porque lo es, y también certera.



[1] Silencio extendido al genocidio en Gaza, donde cada una de las universidades ha sido bombardeada, además de otros centros de estudios (incluidos aquellos pertenecientes a la UNRWA); los docentes han sido objetivos militares y tres rectores han sido eliminados; medio millar de estudiantes universitarios asesinados y novecientos mil han visto interrumpidos sus estudios. En Israel permanece suspendida la libertad de cátedra para denunciarlo. La poeta Rafeef Ziadah, autora de We teach life: “Creo que esta guerra ha puesto un espejo gigante delante de los Estados europeos, pero también de la Academia europea, porque a la Academia europea le gusta hablar sobre la libertad académica, sobre el derecho a pensar… pero cuando tenemos la cuestión moral más grande de nuestros tiempos y un genocidio que está siendo televisado, hay silencio”.

[2] Aquí es de recibo anotar la frase de Correa Román: “No tenemos palabras para tantos afectos”, mientras que este mandato bíblico [de nombrar] se ha dejado en manos de la psiquiatría biologicista y publicaciones como el DSM5, donde se plasman blanco sobre negro intereses comerciales a costa de poblaciones sobremedicadas (Laporte, 2024) (García-Valdecasas Campillo y Vispe Astola, 2023).

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