Memorias de Obón (4)

Obón, 1/10/24


Ni 24 horas para que se confirmen mis sospechas: es gilipollas. La aceptación de un gilipollas en un grupo me hace pensar que se establece una conexión con aquellas partes deficientes del organismo aparentemente sano. A lo mejor estoy siendo benevolente y debo remitirme al inicio de aquella canción: «Counting all the assholes in the room, well, I’m definitely not alone«.
He pasado la noche en el sofá, tapado con una mantita. Eso después del zorro y los espectros del valle, a los que en otra parte he llamado «visitantes». No guardan relación con los muertos de las sillas. Los unos no son conscientes de la presencia de los otros, o quizá se muestran apáticos y prefieren mantenerse en los límites de sus respectivas regiones: supralunares, los muertos; mundanos los visitantes como turistas distraídos o enfermos de Alzhéimer escuchando 100 gecs.
Otro círculo. Abro la aplicación de ajedrez; aún me da tiempo de perder una partida contra un polaco. Esto es como el Animal crossing pero sin la opción de hipotecarte y decorar tu casa.
Memorias de Obón. Las nubes cubren el cielo sobre nosotros y en algún momento amenazan lluvia. Pierdo una lentilla, lo que me condena a la intelectualidad el resto del viaje. Y por intelectualidad me refiero a lo otro. Gracias a ello, descubro en mi compañero portugués a un italiano. Calladamente, ambos rumiamos la idea de que hay pocos sentimientos peores que no tener expectativas. Calladamente: no queremos revelarnos derrotistas demasiado pronto. Abro la aplicación de ajedrez.

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